Leo a Emil Cioran y me transporto al instituto, a mis dieciséis años, y a una clase de Psicología donde el profesor nos pidió escribir una disertación sobre un tema universal: el amor, la amistad, la felicidad.

La mía, coincidiendo con una visión bastante sombría del mundo, se tituló De la vida y otros demonios. Una pequeña licencia tomada de Del amor y otros demonios, de García Márquez.

Cuando terminó de leerla, el profesor me preguntó si era feliz.

Recuerdo aquella escena con una mezcla de ternura y humor. José Saramago decía: «No es que sea pesimista, es que vivo en un mundo que es pésimo». Creo que, en aquel momento, esa era también mi perspectiva.

Sin embargo, al leer hoy a Cioran no encuentro simplemente a un filósofo del pesimismo. Encuentro a un escritor brillantemente insolente que utiliza la filosofía como materia prima para hacer literatura. Leído desde ahí, muchas páginas me resultan más cercanas a Pessoa que a cualquier tratado filosófico.

«Cuando se rechaza el lirismo, emborronar una página se convierte en toda una prueba: ¿qué sentido tiene escribir para decir exactamente lo que se tenía que decir?»

Esa no me parece una pregunta filosófica. Me parece una pregunta profundamente literaria.

A medida que avanzo en Del inconveniente de haber nacido tampoco tengo la sensación de estar leyendo a un hombre llorando en una esquina. Más bien imagino a alguien haciendo chistes negrísimos sobre el universo.

«No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento.»

«Desde que estoy en el mundo…» Ese desde me parece cargado de un significado tan desmesurado que acaba resultando cómico.

Su arsenal está hecho de aforismos afilados, ironía y una capacidad extraordinaria para llevar una idea hasta el límite de lo soportable.

«Todo es dolor», decía el budismo.

Cioran lo actualiza así:

«Todo es pesadilla.»

Y añade:

«Entonces, el nirvana, llamado a poner término a un tormento más generalizado, dejaría de ser un recurso reservado solo a algunos, para tornarse universal como la pesadilla misma.»

Estoy convencida de que le habría fascinado la serie From.

Pero quizá lo que más admiro de él es otra cosa. Posee una cualidad muy rara: es capaz de formular pensamientos que la mayoría de las personas tienen de forma fugaz y vergonzante, pero que jamás dirían en voz alta. Él los convierte en literatura.

«Cuando pienso en tantos amigos que ya no existen, siento lástima por ellos. Sin embargo, no resultan tan dignos de compasión, pues han resuelto todos sus problemas, empezando por el de la muerte.»

Tal vez por eso me gusta recordar otra de sus observaciones:

«La obra, la mayoría de las veces, solo es una máscara.»

Una frase que parece escrita contra la tentación de confundir al autor con su voz literaria. Quizá Cioran fue menos nihilista de lo que muchos creen. Quizá la desesperación de sus libros era, al menos en parte, una máscara estética. Un lugar desde el que exagerar, provocar y explorar ciertas ideas hasta sus últimas consecuencias. Como hacen los poetas, los dramaturgos o los novelistas cuando crean personajes que no son ellos y, sin embargo, les pertenecen.

Debo agradecer este descubrimiento a David Foenkinos. Llegué a él buscando una profundidad que no encontré, aunque sí entretenimiento, y fue precisamente a través de las numerosas referencias a Cioran en La delicadeza como acabé encontrándome con un escritor mucho más cercano a mis propios intereses.

Al final, sospecho que Cioran no escribía para convencernos de nada. Escribía porque había comprendido que algunas ideas son demasiado terribles para ser tomadas completamente en serio y demasiado fascinantes para no convertirlas en literatura.

Caro Saguel

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