Vivimos rodeados de objetos.

Miramos las cosas. Las nombramos. Las clasificamos. Prestamos atención a lo que ocupa espacio, a lo que pesa, a lo que puede tocarse.

Sin embargo, algunos artistas, filósofos y escritores han dedicado su vida a señalar precisamente aquello que parece no estar ahí.

El vacío.

No entendido como ausencia, carencia o falta, sino como una presencia silenciosa que sostiene todo lo demás.

Durante siglos, en Occidente hemos tendido a imaginar el espacio como una especie de recipiente vacío donde colocamos las cosas. Primero existiría el espacio y después llegarían las casas, los árboles, las personas o las esculturas para ocuparlo.

Martin Heidegger propuso una mirada completamente distinta.

Para él, el espacio no es un contenedor. El espacio surge cuando algo abre un lugar para que podamos habitarlo.

En su ensayo Construir, habitar, pensar, utiliza el ejemplo de un puente. Un puente no se limita a estar colocado sobre un río. Al unir dos orillas crea relaciones, recorridos, encuentros y significados. Antes existían dos márgenes separadas. Después aparece un lugar.

El espacio no estaba simplemente ahí esperando.

El espacio se ha abierto.

Esta idea tuvo una enorme influencia sobre Eduardo Chillida.

A primera vista podría parecer que la obra de Chillida está hecha de hierro, acero, piedra u hormigón. Pero él insistía una y otra vez en que lo verdaderamente importante no era la materia.

«Lo importante no es la materia, sino el espacio que encierra.»

También afirmaba:

«Trabajo para descubrir el espacio.»

Sus esculturas no pretenden imponerse al paisaje ni llenarlo. Funcionan más bien como herramientas que nos permiten percibir algo que ya estaba allí y que normalmente pasa desapercibido.

Quizá el ejemplo más conocido sea Peine del Viento.

Cuando uno llega hasta aquellas tres piezas de acero incrustadas en las rocas, la sensación más profunda no es la de contemplar unas esculturas.

Lo que realmente aparece es el viento.

El mar.

El horizonte.

La inmensidad.

La distancia.

Las esculturas parecen abrir una puerta invisible que vuelve perceptible aquello que siempre estuvo allí.

Como si el vacío adquiriera cuerpo.

Como si el viento encontrara una forma de hacerse visible.

No es casualidad que Chillida llegara a decir que el espacio era una materia invisible.

Una intuición semejante puede encontrarse muchos siglos antes en el pensamiento oriental.

En el Tao Te Ching, atribuido a Lao Tsé, encontramos una idea que parece dialogar directamente con la obra de Chillida:

«Treinta radios convergen en el centro de una rueda, pero es el vacío del centro lo que permite que la rueda funcione.»

Y también:

«Moldeamos el barro para hacer una vasija, pero es el espacio vacío interior lo que la hace útil.»

La utilidad no reside únicamente en la forma.

Reside en el hueco.

En aquello que no puede tocarse.

En el espacio que permite.

Esta sensibilidad hacia el vacío no pertenece solo a la escultura o a la filosofía.

También atraviesa la literatura.

Hay escritores cuya obra parece construida precisamente a partir de silencios.

Marguerite Duras, por ejemplo, escribía dejando amplios espacios para lo que no podía decirse. Muchas veces lo esencial en sus novelas no se encuentra en las palabras pronunciadas por los personajes, sino en aquello que queda suspendido entre ellas.

Algo parecido ocurre en las obras de Samuel Beckett. En textos como Esperando a Godot, la aparente ausencia de acontecimientos termina convirtiéndose en el verdadero centro de la experiencia. Lo que no llega. Lo que no sucede. Lo que permanece vacío. Todo ello adquiere una fuerza inesperada.

Incluso la poesía ha explorado este territorio.

Paul Celan fue eliminando progresivamente palabras de sus poemas hasta dejar únicamente lo imprescindible. Sus textos tardíos se asemejan a esculturas excavadas. Parecen escritos desde la convicción de que el silencio también forma parte del lenguaje.

Quizá ninguna cultura ha reflexionado tanto sobre esta cuestión como la japonesa.

Existe una palabra que resulta especialmente reveladora: ma.

No tiene una traducción exacta.

Se refiere al espacio entre las cosas.

Al silencio entre dos notas musicales.

Al intervalo entre dos personas.

Al hueco de una habitación.

Al tiempo que separa dos acontecimientos.

Lo importante no es únicamente el objeto.

Lo importante es la relación que surge gracias al espacio que lo rodea.

Cuando uno comprende esta idea empieza a percibir el mundo de otra manera.

Un jardín japonés no está diseñado solo con piedras.

También está diseñado con vacío.

Una casa tradicional japonesa no está construida únicamente con paredes.

Está construida con espacio libre.

Un haiku no está compuesto solo por palabras.

También está formado por todo aquello que permanece sin decir.

Tal vez por eso algunas obras nos conmueven tanto.

No porque estén llenas.

Sino porque dejan espacio.

Espacio para respirar.

Espacio para imaginar.

Espacio para escuchar algo que todavía no tiene nombre.

Heidegger afirmaba que el ser humano habita el mundo poéticamente.

Quizá una parte de esa afirmación tenga que ver con esto.

Con nuestra capacidad para percibir no solo las cosas, sino también los huecos que las hacen posibles.

Con reconocer que una casa no es únicamente sus paredes.

Que una conversación no son únicamente sus palabras.

Que una obra de arte no es únicamente la materia que vemos.

Y que una vida no está hecha solo de acontecimientos.

También está hecha de pausas.

De silencios.

De esperas.

De espacios abiertos.

Quizá el vacío no sea aquello que falta.

Quizá sea precisamente aquello que permite que todo lo demás exista.

Caro Saguel

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