Creo que soy pagana.

No lo digo en sentido religioso.

Ni porque adore a antiguos dioses.

Ni porque practique rituales secretos en mitad del bosque.

Lo digo porque cada año, cuando llega el solsticio de verano, siento que ocurre algo importante.

No algo que sucede únicamente en el calendario.

Algo que sucede en el mundo.

Quizá también influya la propia palabra.

Solsticio.

Me gusta pronunciarla.

Tiene una sonoridad extraña, como si perteneciera a otro tiempo.

Como si hubiera atravesado los siglos transportando algo más que un significado.

Descubrí hace tiempo que procede del latín solstitium: el Sol detenido.

Y me pareció una imagen hermosa.

Porque eso es exactamente lo que parece ocurrir.

La luz alcanza su máxima extensión y, durante un instante, el mundo da la impresión de contener la respiración.

Como si el año entero se hubiera detenido un momento para contemplarse a sí mismo.

Hace unos días encontré una ilustración antigua llena de manos.

Al principio pensé que eran mudras, esos gestos simbólicos que aparecen en el budismo y el hinduismo. Después descubrí algo mucho más interesante.

Durante siglos, los seres humanos utilizaron las manos para recordar conocimientos, calcular ciclos astronómicos y comprender el paso del tiempo.

Mientras nosotros llevamos calendarios en el bolsillo, ellos llevaban el cosmos en la palma de la mano.

Monjes, astrónomos y estudiosos proyectaban sobre sus dedos los movimientos de la Luna, las fechas de las festividades o los ciclos del Sol. Las manos se convertían en mapas. En bibliotecas portátiles. En pequeñas representaciones del universo.

Y de repente me pregunté algo.

¿En qué momento dejamos de mirar el cielo para empezar simplemente a consultar la fecha?

Porque hoy sabemos perfectamente cuándo llega el solsticio.

Lo sabemos porque el móvil nos lo dice.

Porque aparece en una aplicación.

Porque alguien lo publica en redes sociales.

Pero durante miles de años la gente lo sabía de otra manera.

Lo sabía observando.

Observando la duración de las sombras.

La posición del Sol.

La temperatura del aire.

La forma en que cambiaba la luz.

Vivían dentro de los ciclos.

Nosotros vivimos rodeados de información sobre ellos.

Y no es exactamente lo mismo.

Martin Heidegger escribió que el ser humano habita el mundo poéticamente.

Siempre me ha gustado esa idea.

Porque no habla de escribir poemas.

Habla de una forma de estar en el mundo.

De una forma de prestar atención.

Quizá por eso siento afinidad por ciertas tradiciones antiguas.

No por sus dioses.

Sino por su mirada.

Por la forma en que entendían que el mundo estaba vivo.

Que las estaciones importaban.

Que los árboles importaban.

Que los ríos importaban.

Que la llegada de una determinada luna podía ser motivo de celebración.

A menudo pensamos que el paganismo tiene que ver con creencias.

Yo cada vez sospecho más que tiene que ver con la atención.

Con la capacidad de mirar algo y reconocer que significa más de lo que parece.

Quizá por eso, a principios de este año, empecé a crear mi propio calendario lunisolar.

Mi propio kyūreki.

No era una extravagancia ni una simple ocurrencia estética. Era una forma de recuperar algo que sentía perdido: la posibilidad de vivir el año no como una sucesión de meses administrativos, sino como una materia viva.

Me fascinaba la sensibilidad del antiguo calendario japonés, el kyūreki, y la forma en que dividía el año siguiendo los movimientos del Sol, las lunas y los cambios sutiles de la naturaleza. También me cautivaban los nijūshi sekki, las veinticuatro divisiones solares, y los shichijūni kō, las setenta y dos microestaciones que nombran momentos tan precisos como el despertar de los insectos, la llegada de las nieblas o la primera aparición de ciertas flores.

Recuerdo cómo fui construyéndolo.

No como quien organiza una agenda, sino como quien intenta escuchar de nuevo el año.

Fui buscando nombres, transiciones, atmósferas y pequeños umbrales. Intentando que cada tramo del calendario tuviera una personalidad propia. Que no fuera simplemente febrero o septiembre, sino un tiempo con una luz particular, unos símbolos determinados y una forma concreta de estar en el mundo.

Porque quizá eso era lo que estaba buscando sin saberlo.

No medir el tiempo.

Volver a habitarlo.

Y entonces comprendí que aquello que me atraía del kyūreki, de las fiestas del solsticio, de los antiguos calendarios o de las palabras japonesas para nombrar las estaciones era siempre lo mismo.

La sensación de que el tiempo tiene textura.

De que no todos los días son iguales.

De que existen umbrales invisibles que merecen ser observados.

Quizá por eso tantos escritores y artistas que admiro parecen compartir una sensibilidad parecida.

Yeats recorriendo Irlanda en busca de leyendas y hadas.

Los románticos fascinados por los bosques y las tormentas.

Chillida escuchando al viento.

Heidegger preguntándose qué significa realmente habitar un lugar.

Ninguno estaba intentando volver al pasado.

Todos intentaban recuperar una forma de relación con el mundo que la modernidad parecía estar dejando atrás.

Porque vivimos en una época extraordinariamente informada.

Sabemos más que nunca.

Y, sin embargo, a veces tengo la sensación de que prestamos menos atención que nunca.

Conocemos la explicación científica de las estaciones, pero hemos dejado de celebrarlas.

Sabemos calcular el movimiento de los planetas, pero apenas levantamos la vista para mirar las estrellas.

Sabemos exactamente qué día es hoy, pero hemos olvidado por qué algunas fechas fueron importantes durante miles de años.

Quizá por eso el solsticio sigue ejerciendo una atracción tan extraña.

Porque nos recuerda algo elemental.

Que vivimos sobre una esfera que gira alrededor de una estrella.

Que dependemos de la luz mucho más de lo que creemos.

Y que seguimos formando parte de ciclos mucho más antiguos que cualquiera de nuestras agendas.

No sé si eso me convierte en pagana.

No sé siquiera si la palabra significa hoy lo mismo que significó hace dos mil años.

Pero sé que me emocionan las estaciones.

Sé que me gusta pensar que un jardín es algo más que un conjunto de plantas.

Sé que todavía encuentro belleza en las viejas tradiciones que observaban el cielo.

Y sé que, cuando llega el día más largo del año, una parte de mí siente la necesidad de detenerse un momento.

Levantar la vista.

Y recordar que sigo habitando el mismo mundo que habitaron quienes encendían hogueras para celebrar la llegada del verano.

Quizá, después de todo, la verdadera herencia pagana no consista en creer en antiguos dioses.

Quizá consista simplemente en negarse a vivir como si el mundo estuviera vacío.

Caro Saguel

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