Hace unas semanas terminé una novela que me ha acompañado durante diez años.

Se titula La tienda que reparaba corazones rotos.

Cuando empecé a escribirla era una persona distinta. No solo más joven. También más herida.

Por aquel entonces estaba convencida de que algunas heridas necesitaban respuestas. Que ciertos dolores podían resolverse. Que, si encontraba la explicación adecuada, lograría cerrar algunas puertas que permanecían abiertas dentro de mí.

Por eso imaginé una tienda.

Una tienda extraña, escondida en alguna calle imposible, a la que acudir cuando el corazón se rompía. Un lugar donde dejar aquello que pesaba demasiado y regresar a casa un poco más ligera.

Durante mucho tiempo pensé que estaba escribiendo una historia sobre la reparación.

Al poner el punto final comprendí que estaba escribiendo sobre otra cosa.

O quizá que estaba aprendiendo otra cosa.

La tienda nunca estuvo dentro del libro.

La tienda era el propio camino.

Vivimos en una época profundamente orientada a la solución.

Si algo se rompe, debe arreglarse.

Si algo duele, debe superarse.

Si algo falla, debe optimizarse.

Incluso el sufrimiento parece estar sometido a una especie de calendario invisible. Se espera que los duelos terminen, que las heridas cicatricen y que las crisis se conviertan cuanto antes en una lección aprendida.

Sin embargo, existen experiencias humanas que escapan a esa lógica.

La muerte no se resuelve.

La pérdida no se resuelve.

El paso del tiempo no se resuelve.

Hay acontecimientos que nos transforman de manera irreversible. No porque nos destruyan, sino porque nos convierten en alguien distinto.

No existe una versión anterior a la que regresar.

Y entonces surge una pregunta.

¿Qué significa reparar cuando ya no es posible volver atrás?

Durante años pensé que reparar significaba arreglar.

Hoy sospecho que reparar puede significar algo diferente.

No eliminar una herida.

No borrar una pérdida.

No recuperar una versión antigua de nosotros mismos.

Sino aprender a habitar nuestra historia de otra manera.

A esta intuición la llamo reparación simbólica.

La reparación simbólica no ocurre porque desaparezca aquello que dolía.

Ocurre cuando cambia nuestra relación con ello.

Mientras escribía la novela cambiaron muchas cosas.

Me convertí en madre.

Construí proyectos que no existían cuando escribí la primera página.

Perdí certezas que entonces consideraba inamovibles.

Atravesé momentos luminosos y momentos difíciles.

Conocí versiones de mí misma que ni siquiera imaginaba.

La persona que comenzó el libro ya no existe.

Y, sin embargo, algo de ella sigue habitando estas páginas.

Cuando la recuerdo no siento vergüenza.

No siento rechazo.

Siento ternura.

Comprendo por qué necesitaba imaginar una tienda que reparara corazones.

Comprendo por qué buscaba refugio.

Comprendo por qué formulaba determinadas preguntas.

Y quizá esa comprensión sea una forma de reparación.

El arte posee una relación singular con este proceso.

No puede devolvernos lo perdido.

No puede alterar el pasado.

No puede cerrar las heridas como lo haría una sutura.

Pero puede hacer algo extraordinario.

Puede producir significado.

Puede construir lugares donde ciertas experiencias encuentren cobijo.

El filósofo Gaston Bachelard escribió que la casa es uno de los grandes símbolos de la imaginación humana. No es solo un edificio. Es una forma de intimidad. Un espacio donde los recuerdos, los afectos y los sueños encuentran acomodo.

Quizá por eso la literatura está llena de casas.

La casa de Green Gables.

La Comarca.

La biblioteca de Borges.

Los jardines secretos.

Las habitaciones propias de Virginia Woolf.

Ésta, la Casa del Viento.

Incluso cuando olvidamos parte de sus argumentos seguimos recordando esos lugares.

Porque no funcionan únicamente como escenarios.

Funcionan como refugios simbólicos.

Pienso a menudo en las cartas.

Durante años he enviado cartas físicas.

Cartas que viajaban despacio.

Cartas que tardaban días en llegar a su destino.

Siempre me ha fascinado ese pequeño desafío a la velocidad contemporánea.

La carta obliga a esperar.

Obliga a confiar.

Obliga a aceptar que algunas cosas necesitan tiempo para existir.

Quizá por eso seguimos guardando ciertas cartas durante décadas.

No porque contengan información importante.

Sino porque contienen tiempo.

Y el tiempo es una de las materias primas de la reparación.

Lo mismo ocurre con los jardines.

No los jardines reales, sino los jardines de la imaginación.

Los jardines de los cuentos.

Los patios escondidos.

Los invernaderos.

Esos lugares donde las cosas crecen sin prisa.

Donde nada parece ocurrir durante semanas y, sin embargo, algo está sucediendo bajo la superficie.

La reparación simbólica se parece mucho a eso.

No consiste en forzar una transformación.

Consiste en crear las condiciones para que algo nuevo pueda aparecer.

Existe otro elemento que aparece una y otra vez en todas estas formas de reparación: la lentitud.

Los jardines crecen despacio.

La cerámica necesita tiempo.

Las cartas tardan en llegar.

Las novelas maduran durante años.

La reparación también.

Vivimos rodeados de herramientas que prometen acelerar cualquier proceso. Sin embargo, algunas transformaciones importantes no admiten atajos.

No pueden comprimirse.

No pueden optimizarse.

Solo pueden vivirse.

Quizá por eso la reparación simbólica no se parece a un acontecimiento.

Se parece más a una sedimentación lenta.

A una acumulación casi imperceptible de experiencias, imágenes, historias y afectos que terminan modificando nuestra forma de mirar.

Cuando empecé a escribir La tienda que reparaba corazones rotos creía que estaba imaginando un lugar capaz de reparar una herida.

Diez años después descubrí algo distinto.

La reparación no había ocurrido dentro de la historia.

Había ocurrido mientras la escribía.

Mientras vivía.

Mientras amaba.

Mientras me equivocaba.

Mientras cambiaba.

Mientras aprendía a mirar con más compasión a la persona que había sido.

Por eso hoy desconfío un poco de las soluciones inmediatas.

Y confío cada vez más en los lugares.

En las casas imaginarias.

En los jardines.

En las cartas.

En los libros.

En todos esos espacios donde podemos permanecer el tiempo suficiente para que algo se transforme.

Quizá reparar no consista en volver a ser quienes éramos antes.

Quizá consista en encontrar una forma nueva de habitar nuestra historia.

Con más espacio.

Con más ternura.

Y con menos prisa.

Caro Saguel

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