No recuerdo exactamente qué me llevó hasta Leonora Carrington.

Lo que sí recuerdo es la sensación.

Vi un documental sobre ella y sentí algo que solo me ocurre muy de vez en cuando.

Un magnetismo inmediato.

No admiración.

No curiosidad.

Algo más difícil de explicar.

La sensación de haber encontrado una puerta.

Por aquel entonces estaba preparando un viaje a Italia para el otoño.

Aparentemente ambas cosas no tenían relación.

Leonora Carrington pertenecía al mundo de los surrealistas. A los años treinta. A París. A México. A una época remota y fascinante.

Yo estaba organizando hoteles, trenes y rutas para un viaje que tendría lugar muchos meses después.

Sin embargo, a partir de ese momento ambas historias comenzaron a entrelazarse.

Como suele ocurrir con las puertas verdaderas, al atravesarla apareció otra.

Y luego otra.

Y otra más.

A través de Leonora conocí mejor a Max Ernst.

A través de Ernst llegué a Peggy Guggenheim.

A través de Peggy aparecieron Man Ray, Mark Rothko, Calders y toda una constelación de artistas que parecían conocerse entre sí.

Después llegaron Remedios Varo y Kati Horna, aquellas tres brujas maravillosas que compartieron amistad, exilio e imaginación en México.

Entonces leí Memorias de abajo.

Y durante semanas tuve la extraña sensación de vivir en dos tiempos distintos.

Seguía en el presente.

Pero una parte de mí caminaba por otro lugar.

Pasaba las tardes con Leonora.

Escuchaba conversaciones en cafés surrealistas.

Acompañaba a Peggy por Venecia.

Observaba a Remedios pintar mundos imposibles.

No era una reconstrucción histórica.

Era algo más parecido a una convivencia.

Como si todas aquellas personas hubieran comenzado a formar parte de mi paisaje interior.

Lo curioso es que años antes había escrito sobre viajes en el tiempo.

En el bookcast Mujeres Viento imaginé experiencias que permitían atravesar épocas distintas y convivir con personas de otros siglos. Siempre pensé en aquellos viajes como una hermosa licencia narrativa. Una metáfora de la imaginación, de la lectura y del deseo.

Hasta que me ocurrió uno.

No apareció ninguna máquina.

No se abrió ningún portal.

Todo comenzó con una mujer llamada Leonora Carrington.

Y, sin darme cuenta, pasé meses viviendo entre dos épocas.

Y entonces llegó octubre.

Y ocurrió algo inesperado.

Aquellos nombres que habían habitado mi imaginación durante meses empezaron a aparecer físicamente delante de mí.

En Venecia entré en la colección Peggy Guggenheim.

En Milán encontré una exposición de Leonora Carrington.

Y otra de Man Ray.

Recuerdo la sensación de caminar por aquellas salas.

No era la emoción habitual de visitar un museo.

Era más bien la sensación de encontrarme con alguien a quien llevaba meses conociendo.

Como cuando un personaje de una novela abandona las páginas y aparece de pronto al otro lado de la calle.

Por un instante tuve la impresión de que dos líneas temporales distintas se habían tocado.

Mi viaje a Italia.

Y aquel otro viaje que había comenzado meses antes, el día que una mujer llamada Leonora Carrington apareció en la pantalla de un documental.

Desde entonces pienso que los viajes en el tiempo existen.

No de la forma en que imaginamos.

No nos trasladan físicamente a otra época.

Hacen algo más extraño y más hermoso.

Permiten que dos tiempos distintos convivan dentro de nosotros.

Y a veces, durante unos meses, el pasado deja de ser pasado y se convierte en una habitación más de nuestra casa interior.

También pienso que algunas personas funcionan como puertas.

No sabemos por qué.

No las buscamos.

Ellas nos encuentran.

Y cuando las atravesamos ya no solo descubrimos una obra o una biografía.

Descubrimos un mundo entero.

Caro Saguel

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