
«Los niños están en la ventana, y aportan luz cuando caía la noche. La vida trabaja como la gran artista que es. Es, sin duda la belleza»
Una tarde cualquiera arrancaba páginas de una revista para utilizarlas como mantel improvisado para los dibujos de acuarela que mi hija se disponía a crear. Una revista vieja, que ni siquiera era mía, a la que le vendría bien un tercer uso siguiendo uno de mis valores centrales: mottainai, todo en el universo tiene un valor inherente. Desperdiciar algo implica faltarle el respeto al esfuerzo y a los materiales que lo crearon.
Me acordé de este juego del tachado sobre textos ya escritos al que nunca había prestado atención. Siempre pensé que el resultado era más espontáneo, quizá lo sea, aunque en mi caso, la mente hizo un barrido rápido y escogió lo que quiso. Y salió algo bello.
¿A quién se podría atribuir la autoría? Podría hacerlo a mí misma, yo he elegido las palabras. Sin embargo, no eran palabras mías, esas palabras pertenecían al autor del texto. Tampoco podríamos hablar de coautoría, el autor no está al tanto de que dentro habitaba otro tesoro.
Lo interesante de lo que planteo es que la autoría ahí deja de ser una línea clara y pasa a parecerse más a la arqueología o a la alquimia que a la escritura tradicional. No he creado las palabras, pero sí he creado el sentido. Y el sentido no estaba ahí antes de mi intervención, al menos no de esa forma.
El autor original escribió un texto con una intención concreta. Yo entré después y operé como quien descubre una figura dentro del barro o una constelación dentro de un cielo lleno de puntos. Las palabras existían, sí, pero la relación entre ellas no. Esa nueva tensión, ese nuevo ritmo y esa nueva lectura aparecen por mi selección. Ahí hay un acto creativo real.
Por eso creo que la autoría no es solo producir materia prima. También puede consistir en reorganizar el mundo para que revele algo que antes estaba oculto. Duchamp hizo eso al mover un urinario de contexto. El collage, el found footage, el sampleo musical o incluso ciertas formas de curaduría funcionan igual: la creación no nace necesariamente de fabricar desde cero, sino de mirar de una manera capaz de abrir otra realidad posible. El arte, la vibración más alta del alma de un ser humano, se vuelve aún más infinito.
Hay algo muy bello en que el texto original contuviera potencialmente otro texto dormido dentro de sí, como si las palabras tuviesen vidas paralelas esperando a que alguien las mirase desde otro ángulo.
Quizá escribir no consiste únicamente en decir algo, sino también en dejar sembradas posibilidades que alguien descubrirá mucho tiempo después. Fragmentos dormidos. Ecos. Mensajes involuntarios. Formas de belleza que todavía no existen hasta que otra mirada las despierta.
Y quizá la pregunta más interesante no sea “¿de quién es?”, sino “¿qué más esconde?».
Caro Saguel